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Doctrina de la Prosperidad : ¿prosperos como Abraham?


Mientras discutíamos acerca de la doctrina de la prosperidad con un pastor de palabra de fe, le comenté: —Yo no puedo juzgar que un hermano en la fe esté en pecado solo porque sea pobre. El pastor aludido tranquilamente me contestó: —Pero yo sí. Su respuesta tan confiada me hizo captar que no tenía intenciones de aparecer como juzgando a nadie. Para él solo era un hecho obvio basado en las premisas de su mensaje de fe. Entonces, añadió: —Verá, la Biblia nos dice que todos somos hijos de Abraham por la fe en Cristo. Él era un hombre rico, así que si nosotros no lo somos, es por causa de nuestra propia falta de fe. Si hay alguna verdad en esto, debemos investigarla: muchos desean ser ricos y si Dios ha revelado un plan para llegar a serlo, debemos descubrirlo. Sin embargo, todos estos años viendo tantos caprichos espirituales en la escena evangélica han generado en mí el anhelo de analizar profundamente esta doctrina. Así es como, después de haber leído unos cuantos libros y publicaciones de los maestros líderes de la “FE,” he podido ver clara su posición, la cual es: A través del pacto con Abraham, tenemos acceso a riquezas que van más allá de nuestros sueños más fantásticos. No seremos únicamente prósperos, sino que tendremos más de lo que podríamos usar en nuestra vida. Nuestro único impedimento es nuestra falta de fe, según ellos. El Nuevo Testamento enseña que somos descendientes espirituales de Abraham a través de la fe en Cristo. En Gálatas 3:7 leemos: “Sabed, por tanto, que los que son de la fe, estos son los hijos de Abraham;” sin embargo, basar la doctrina de la prosperidad en esto es otra cosa. Los maestros de la prosperidad no han podido replicar a las siguientes objeciones: Objeción # 1: El pacto abrahámico original no contiene promesa de riqueza material. El texto del pacto se encuentra en Génesis 12 y es citado por Pablo en Gálatas 3:15-16. Al revisar sus términos originales, como constan en Génesis 12, vemos: Y haré de ti una nación grande; y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré, y serán benditas en ti todas las naciones de la tierra. Específicamente, los términos son: 1. Dios formará de Abraham una gran nación. 2. Dios bendecirá a quienes bendigan a Abraham y maldecirá a quienes lo maldigan. 3. Todos los habitantes de la tierra serán bendecidos a través de Abraham. 4. Dios engrandecerá el nombre de Abraham. Notoriamente ausente es la mención de riqueza material. Pablo dijo en Gálatas 3:15: Un pacto, aunque sea de hombre, una vez ratificado, nadie lo invalida, ni le añade. La doctrina de la prosperidad cae dentro de lo añadido, o sea precisamente se hace lo que Pablo dijo que no se hiciera. Objeción # 2: Abraham ya era rico antes del pacto con Dios. Esta es la prueba contundente de que la riqueza de Abraham no tenía nada que ver con el pacto. Al seguir su trayectoria desde Génesis 11, vemos que se traslada a Harán, donde muere su padre Taré. Luego, ya realizado el pacto en Génesis 12:1-3, Abraham toma a su esposa y a su sobrino Lot y “todos sus bienes que habían ganado y las personas que habían adquirido en Harán, y salieron para ir a tierra de Canaán.” Las “personas adquiridas” eran evidentemente esclavos que habían comprado. Los pobres no podían poseer esclavos, pues estos eran costosos. No se sabe cuántos esclavos tenía Abraham, pero cuando tuvo que ir a rescatar a Lot, acudió con 318 hombres, todos criados suyos. Cuando llegó a Canaán, hubo allí una gran hambruna y, sin posibilidad de establecer ningún negocio, bajó a Egipto. A pesar de esta clara cronología bíblica, los maestros de la prosperidad insisten en sostener que Abraham fue rico gracias al pacto con Dios. Objeción # 3: En el Nuevo Testamento siempre se define al pacto a nivel espiritual y no material. Pedro se refiere al pacto como el perdón de pecados en Hechos 3:25-26; mientras que en los capítulos 3 y 4 de Gálatas lo relaciona con la promesa del Espíritu a través de la fe. El discurso de Pablo acerca de la justificación por la fe de Romanos 4, se basa en este pacto. El escritor de Hebreos sostiene en el capítulo 6, que el pacto significa nuestra seguridad en cuanto a ser salvos. Todos estos textos se refieren al pacto en términos espirituales y no en referencia a riquezas materiales. Si Dios hubiera querido revelarnos cómo podemos obtener riquezas materiales por medio del pacto, habría inspirado a todos esos autores para que así lo manifestaran. Objeción # 4: No hay tal cosa como las llamadas “bendiciones de Abraham.” Una cuidadosa investigación en la concordancia revela que no existe tal frase en la Biblia, más parece ser que se ha divulgado justamente por las prédicas de este Movimiento de la prosperidad y algunos cantos. Lo más cercano a la frase que se encuentra en la Biblia está en Gálatas 3:14: “para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu.” Nótese que la palabra “bendición” se halla en singular, y no como se ha divulgado: “Bendiciones,” en plural. Esta bendición es definida por Pablo como la promesa del Espíritu, así que nadie puede confundir que se refiere a otra cosa. Algunos maestros han sostenido que se trata de una bendición, pero con varios aspectos, dentro de los cuales estaría la riqueza material. Pero no encontramos ninguna confirmación de este punto de vista en todo el Nuevo Testamento. La bendición no es del tipo material, es bendición espiritual, y puede resumirse en una palabra: salvación. Objeción #5: El pacto fue irrelevante en ciertos aspectos de la vida privada de Abraham. Un contrato humano puede diferir de otros aspectos de la vida personal. No todo lo que Abraham haya dicho o hecho en su vida, está conectado con su pacto con Dios. Por ejemplo, Abraham tomó a Hagar como su concubina, también mintió a Abimelec acerca de Sara; pero, ¿son o estuvieron esos eventos relacionados con el pacto? No se menciona en ninguna parte del pacto los derechos del concubinato, ni que el término “bendición” fuera un cheque en blanco para todo lo que se le viniera en gana. Aceptado esto, la cuestión de su situación económica es igualmente irrelevante. El estilo de vida de cada persona puede estar rodeado de circunstancias irrelevantes a un contrato realizado por ella misma. Se debe reclamar respuestas a los maestros de la prosperidad en cuanto a por qué excluyen el concubinato del pacto, y por qué incluyen la riqueza. El pacto con Abraham Varios maestros de la prosperidad están conscientes de estos vacíos en su teología, por lo que han tratado de parcharlos con algún método ingenioso. Un tipo de parche es cuando añaden la ley de Moisés a manera de extensión del pacto Abrahámico y luego citan las bendiciones de Deuteronomio 28:3.41. Esos maestros ni siquiera intentan demostrar en esto ningún fundamento teológico, optan por solo declararlo así. Uno de esos maestros incluso proclama la ley de Moisés como los “artículos” del pacto de Abraham. Otros afirman que la totalidad de la ley de Moisés fue el resultado del pacto de Dios con Abraham. ¿Acaso se nos enseña en el Nuevo Testamento que estos dos pactos puedan ser indistintamente mezclados entre sí? Vamos a Romanos 4:13-14: Porque no por la ley fue dada a Abraham o a su descendencia la promesa de que sería heredero del mundo, sino por la justicia de la fe Porque si los que son de la ley son los herederos, vana resulta la fe, y anulada la promesa. Pablo enseña que nuestra fe resultaría vana y el pacto de Abraham anulado, el instante en que se intentara juntar la fe con el pacto. El grado en que intentemos hacer tal mezcla indica la medida de nuestra inmadurez teológica. Este punto es el tema central de Gálatas. Pablo además ilustra bellamente este punto en el capítulo 4 de Gálatas, poniendo el ejemplo de Sara y Hagar; leamos: Decidme, los que queréis estar bajo la ley: ¿no habéis oído la ley? Porque está escrito que Abraham tuvo dos hijos: uno de la esclava, el otro de la libre. Pero el de la esclava nació según la carne; mas el de la libre, por la promesa. Lo cual es una alegoría, pues estas mujeres son los dos pactos… más, ¿qué dice la Escritura? Echa afuera a la esclava y a su hijo, porque no heredará el hijo de la esclava con el hijo de la libre (vv. 21-24 y 30). Sara representa al pacto abrahámico, el cual a su vez simboliza la salvación por gracia. Hagar representa la ley de Moisés y, ¿qué concluye Pablo acerca de estas dos? Concluye que así como Sara y Hagar no podían llevarse entre sí, tampoco podemos mezclar los dos pactos. ¿Por qué? Porque las dos mujeres eran enemigas mortales por la naturaleza de su relación diferente con Abraham. Pero, siguiendo el razonamiento, ¿por qué difieren tanto si ambos pactos vienen de Dios? La doctrina de la prosperidad usa este último razonamiento para cimentar su afirmación de que la ley es meramente una extensión del pacto abrahámico. Hay que observar que las dos mujeres vivieron bajo el mismo techo y ambas tuvieron un hijo de Abraham. Cada una tuvo su propia e independiente relación con él; sin embargo, debido a la naturaleza del pacto, no podían relacionarse entre ellas, como afirma la Escritura: No heredará el hijo de la esclava con el hijo de la libre. Por eso, Hagar fue echada al desierto. La conclusión es que Dios efectuó dos pactos, cada uno independiente del otro y con dos motivos diferentes, pero NO relacionados entre sí. Varios maestros de la prosperidad han tratado de evitar esta línea argumentativa afirmando que Cristo nos redime de las maldiciones de la ley, pero deja intactas las bendiciones. Y para ello citan Gálatas 3:13: Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición. Esta es una interpretación errada pues el texto se parafrasea subjetivamente: al leer las palabras “maldición de la ley,” las cambian un poco para que lean: “las maldiciones que son bajo la ley.” Pablo no se refiere a las maldiciones específicas que se encuentran en la ley mosaica, sino a todo el cuerpo de tal ley. El contraste no es entre bendición y maldición, sino entre los dos pactos que cada una representa. Nada que se encuentre en la ley mosaica corresponde a algo del pacto abrahámico, ya que la ley en sí es la maldición, pues así terminó siéndolo para los judíos, al condenarlos indefectiblemente. Dios quiso que así sucediera para que los judíos pudieran reconocer su pecado y buscaran al Salvador prometido. El contexto de Gálatas 3 carga esta interpretación. Los maestros de la prosperidad parece que no vieran el versículo 12, que dice: “y la ley no es de fe.” Entonces, si la ley no tiene nada que ver con la fe, ¿cómo se la vincula con el pacto de Abraham? Pablo continúa así: “el que hiciere estas cosas, vivirá por ellas,” es decir que si queremos vivir bajo la ley, deberemos vivir bajo su totalidad. Este principio se aclara cuando analizamos el capítulo 28 de Deuteronomio: Un día, Moisés se presenta ante el pueblo y empieza a resumir los mandamientos de la ley. Lo que empieza en el capítulo 1, versículo 6 continúa ininterrumpidamente por 32 capítulos más. El 28 es parte de esta cita y contiene las bendiciones resultantes del cumplimiento de las leyes. La condición era que Israel recibiera todos los mandamientos que Moisés les entregara ese día. Acontecerá que si oyeres atentamente la voz del Señor tu Dios, para guardar y poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, también el Señor tu Dios te exaltará sobre todas las naciones de la tierra (Deuteronomio 28:1). ¿Cuáles son tales mandamientos? Entre otros: sacrificios de animales, matrimonio con la viuda del hermano, días de fiestas, circuncisión, restricciones en la dieta, asesinato de enemigos, etc. ¿Nos sujetaríamos a todas esas condiciones? En contraste, Abraham no hizo nada que le mereciera las promesas de bendición. La gracia fluyó libremente de la voluntad divina, no de la de él. Pero los problemas no terminan allí. Los mensajeros de la fe son muy intransigentes cuando afirman que la Iglesia es la heredera de las promesas a Israel bajo la Ley. Esta es una parte necesaria de su teología. Sin embargo, este es un asunto teológico muy sensible pues muchos eruditos evangélicos rechazan el punto de vista de que la Iglesia hereda las promesas dadas a Moisés, porque existe fuerte evidencia bíblica que lo contradice. Esto último no ha servido para disuadir o detener a los maestros de la fe en ninguno de sus argumentos. Parece que sienten que han descubierto una pista especial dada secretamente por el Espíritu, por la cual se hace innecesario todo conocimiento cabal de la Biblia, razonamiento o evidencia teológica. Y, ¿cuál es ese algo especial? Ellos lo llaman “Conocimiento revelado,” es decir que el Espíritu les ha revelado ciertas cosas y todos debemos creer lo que dicen como revelación divina. Ante lo dicho debemos ver algunas realidades de la Palabra: A. El escritor de Hebreos sostiene que las promesas dadas bajo la ley de Moisés son inferiores a las que tenemos ahora. En Hebreos 8:6-13 se lee: “[Cristo] es mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas.” Luego cita de Jeremías 31:31-32, en donde se explica cómo Dios intenta abolir el pacto que hiciera con Moisés cuando los sacó de Egipto. El pacto en su totalidad es abolido porque es inferior. Deuteronomio 28 es parte de ese convenio. Nos queda preguntar ¿por qué citar promesas inferiores de un pacto ya abolido? B. El cuerpo de Cristo no es una extensión de Israel, sino más bien “un nuevo hombre” de acuerdo con Efesios 2:12-22. Es una especie de ser radicalmente nueva, un organismo vivo que no es ni judío ni gentil. Es la Iglesia. C. Estamos cimentados en un pilar diferente que Israel: edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo, Jesucristo mismo, Efesios 2:20. La promesa hecha a Abraham fue tan incondicional como la salvación representada por ella. De ahí que los dos pactos no se pueden mezclar. Sus cimientos son diferentes y se excluyen mutuamente. Rom 10:2-4 Porque yo les doy testimonio de que tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia. Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios; porque el fin de la ley es Cristo.
El peligro de la doctrina de la prosperidad es que guía a sus seguidores a la misma pobre perspectiva espiritual que encegueció a los judíos, la que les impidió ver la gracia divina; todo lo anterior lleva a un grado de orgullo espiritual que hace imposible el ejercicio de la fe genuina.